Los paisajes de mi infancia

Cada día, cuando salgo a la calle, lo primero que veo al llegar a la esquina es el mar y Barcelona a mis pies. Tengo suerte, vivo en un barrio de montaña rodeada de algunos de los mejores parques  de la ciudad, el del Guinardó, el de las Aguas y el Parc Güell.

De hecho mi colegio estaba en la calle que lleva directamente a la entrada principal del parque, y muchas de las actividades que hacíamos al aire libre las hacíamos allí. Eran otros tiempos, en los que los turistas llegaban de manera estacional, y el resto del año lo disfrutábamos nosotros.

Algunos domingos mi abuelo me llevaba también a jugar allí. Entrábamos por la puerta de la carretera del Carmel, y me cogía de la mano para que pudiera subirme en las bolas que hay en la avenida que lleva a la plaza.

Luego allí,  me alquilaba un triciclo o una bici y los niños circulábamos intentando no atropellar  a las collas de sardanas y al resto de gente que paseaba.

Los fines de semana mi paisaje cambiaba y me llevaba hasta Sant Cugat. Una hepatitis hizo que mi madre tuviese que estar tres meses en cama  de reposo cuando éramos pequeñas, y mi padre, para sacarnos de casa, se hizo socio de un club de tenis entre  Sardanyola y Sant Cugat. Un sitio rodeado de campos de girasoles y bosque donde corríamos un poco asalvajadas todo el día entre la piscina y las pistas.

Allí, con 4 años, conocí a  la que aún es mi mejor amiga, y crecimos entre partidos de tenis, música y coreografías inventadas por niñas adolescentes que intentaban rebelarse y ser diferentes.

Y el camino entre Barcelona y Sant Cugat pasaba por la carretera de l’Arrabassada, que cruza el parc de Collsserola. Cuando llegas a lo alto del Tibidabo la vista es espectacular, una Barcelona azul y brillante, rodeada de verde.

Y aunque haya hecho ese camino montones de veces, la impresión sigue siendo la misma. Hoy he llevado a mi madre a Sant Cugat y ya de vuelta, al llegar  a la altura del mirador, he vuelto a quedarme sin aliento, como si fuera la primera vez que veía ese paisaje.

Y en ese momento se han agolpado un montón de recuerdos en mi cabeza, y  he sido consciente de haber tenido una infancia muy afortunada.

El Fondo de armario

Todas sabemos que el fondo de armario es la ropa básica que puedes utilizar constantemente, año tras año y que no pasa de moda. Lo que debes tener para vestir en todas las ocasiones. La teoría está muy bien pero es verdad que luego en la práctica ninguna lo cumplimos.

Entonces, ¿qué debe tener un fondo de armario?, ¿qué piezas y cuantas no pueden faltar? He estado echando un vistazo por internet y, como profana en la materia, he hecho una lista que creo que es bastante asequible.

Ahora que vamos de cara al frio no pueden  faltar prendas de abrigo. Una gabardina beige o un abrigo de corte masculino .

Tampoco puede faltar una buen americana, negra o de cuadros. Y si la combinas con cuello alto, tienes el look perfecto para el otoño

Una sudadera siempre nos va bien, ya sea para el fin de semana o para combinar con prendas más sofisticadas, para conseguir un mix más fashion. 

Tanto en verano como en invierno no pueden  faltar unos  Vaqueros y una camiseta básica que nos sirven para todo. Una temporada más es la base de nuestro guardarropa.

Otro básico que no puede faltar es la Cazadora vaquera. Pega con todo y da un aire de frescura y juventud a cualquier prenda que le pongas. Y como no, unas deportivas blancas siempre a punto,  quedan bien con todo así que sí, son un básico de fondo de armario.

También necesitas sí o sí un bolso grande donde poder guardar todo lo necesario y que sea lo suficientemente bonito como para vestir tu look en cualquier ocasión. ¿Ya lo tienes?

En tu armario necesitas un pantalón de vestir. Tanto para ir a trabajar como para llevar en una ocasión más formal.

Una cazadora de piel es una pieza estrella en cualquier armario. Nunca pasa de moda y actualiza cualquier estilismo. Escoge la tuya e incorpórala de inmediato a tu guardarropa.

Y para acabar la prenda que no puede faltar en ningún armario, la camisa blanca masculina.

Ya veis que no son muchas piezas, pero hay variedad y tenéis donde escoger .

Por cierto, creo que habréis adivinado que no hablaba de ropa, ¿no?

Septiembre

No he pasado un buen verano, estaba triste y llorona. Han pasado 5 meses desde que murió mi padre, pero tan sólo un mes desde que pudimos despedirnos de él. Así que supongo que, interiormente, mi proceso de duelo empieza en ese momento y que es normal tener días buenos y malos.

Todos sabemos que no somos indestructibles, pero no somos conscientes de ello hasta que pasamos por una situación que nos  enfrenta a la realidad. De repente te rompes por dentro y sólo entonces eres consciente de que la  vida cambia, que es incierta, que no hay garantías, y hay que saber encajarlo.

Es normal estar asustado pero hay que mirar hacia delante, y  lo mejor es sacarlo todo fuera, permitirte sentir la tristeza, el miedo, la rabia, y  llorar  para limpiarlo todo.

Y de repente llega septiembre. Siempre me ha gustado este mes, las temperaturas empiezan a bajar pero aún hace bueno, la luz es brillante pero no quema, pienso en septiembre y sonrío, no sé por qué.

Pero esa energía tiene que influirme de alguna manera porqué  estaba viendo una película y de repente  me sorprendí a mi misma diciendo, quiero ser feliz, quiero reírme a carcajadas, quiero recuperar las ilusiones.

¡Y hubo más señales! Entrando a la redacción, mi primer día de trabajo, sonó la canción de Earth, Wind and Fire, September, que no puede ser más animada y alegre. Y me puso totalmente las pilas.

Teníais que haberme visto bailando y cantando como una loca mientras encendía ordenadores y abría las ventanas, ¡suerte que llegué la primera y estaba sola!

Dicen que Septiembre es el mes de los nuevos inicios, que el año en realidad empieza en septiembre y me gustaría que fuese así. La vida que tenía ha cambiado, y es momento de ser valiente y moverme a una nueva vida, porque no quiero dejarme arrastrar por la tristeza.

Quiero bailar en septiembre y en todos los meses que vengan

Los domingos

Hoy leía un post de Instagram que decía que los domingos son para cuidarse y para llevar a cabo todo lo que no tienes tiempo de hacer durante la semana. Y aunque en principio suena estupendo, si te paras a pensar es un poco contradictorio.

Si tienes que hacer en un solo día todas las cosas que durante la semana no puedes, por el trabajo y las obligaciones, te vas a pegar un palizón que solo de pensarlo ya me canso, y eso no es compatible con cuidarse.

Es verdad que el domingo es un día un poco raro, la víspera de volver a la rutina, poco aprovechado si has salido el sábado y te levantas tarde, normalmente  sin ganas de mucho, y la tarde sueles dedicarla a preparar la semana siguiente.

Para mí el domingo es ese día que te das permiso para hacer las cosas con calma,  a tu ritmo, o sencillamente  no hacer nada .

Vivimos en una sociedad en la que no hacer nada está mal visto. Las redes están llenas de fotos de TODAS las actividades que hace la gente durante el fin de semana, cuando se supone que es el momento de recargar pilas. Y da la sensación de que si no has practicado tres deportes, ido a dos conciertos y comido en el restaurante de moda, y se lo has contado a todo el mundo,  has perdido el tiempo.

Últimamente mis domingos se reducen a dos cosas, a pasear con mi madre y escribir mi blog. También es cierto que antes de la pandemia tampoco eran el despiporre, pero sí solía hacer alguna excursión de vez en cuando. Además, normalmente, era el día que podía tener la casa para mi sola, y me gustaba disfrutar del silencio, leer, cocinar, mirar alguna peli.

No hay nada mejor que un domingo de invierno en el sofá, con un buen libro y  una manta, al lado de la ventana por la que entra ese sol brillante, que calienta sólo un poco y que te da esa sensación de confort y de calma.

Yo quiero reivindicar los domingos de cuidarte, sea lo que sea cuidarse para cada persona. Y practicar el arte de no hacer nada , el “dolce far niente” que dicen los italianos. Esos momentos de parar, encontrarte contigo misma, respirar, darte permiso para ser tú y recuperar fuerzas. ¿Quién se apunta?

Vacaciones en casa

Es la primera vez en muchos años que no salgo de Barcelona en vacaciones. Siempre intento escaparme algunos días,  a descubrir nuevos destinos o volver  a mis lugares favoritos. Este año no va a ser así, al menos no voy a descubrir ningún sitio nuevo.

Esta mañana he salido a desayunar con mi madre, y he decidido llevarla a unos de mis rincones preferidos de Barcelona, el Mirablau. Está en la falda del Tibidabo y tiene unas vistas privilegiadas de Barcelona.

No era una de las mañanas más limpias del verano, había neblina pero las vistas eran igual de espectaculares. Es un sitio que impresiona si no has estado nunca, porque puedes ver la ciudad en toda su extensión, entre el mar y la montaña,  y es realmente preciosa.

De esas vistas por las que pagas un dineral por disfrutar cuando vas de vacaciones a otras ciudades, y que te hacen entender porqué la gente viene a ver Barcelona y se enamora de ella. Y que te recuerdan porqué sonríes cuando ves su silueta desde el aire, al volver de viaje en avión, porque tú también estás enamorada de esta ciudad.

Así que este año paso mis vacaciones en Barcelona, cosa que ya querrían muchos. Una ciudad en la que ahora, además, no hay aglomeraciones, y por la que puedes pasear sin tener que dar codazos, y disfrutar de sitios a los que hace años que no ibas porqué había demasiados turistas.

No es que vaya a redescubrir la ciudad, por suerte a mi me encanta hacer el “guiri” en Barcelona, visitar museos, edificios emblemáticos, y por suerte, por mi trabajo, puedo ir a sitios privilegiados. Pero quizá si pueda descubrírsela a mi familia, a mis sobrinos, por ejemplo, que con sus 9 y 16 años han viajado por Europa y Estados Unidos y en cambio  cuando vienen a Barcelona no suelen pasear por ella.

Vamos a coger el bus turístico, como hemos hecho en otras ciudades. También quiero llevarles al Museu d’Història de la Ciutat, mi preferido, que el ascensor nos haga retroceder 2000 años en el tiempo y nos lleve a Barcino, que por suerte aún está en el subsuelo de la ciudad. Ver las columnas del templo de Augusto, que no pueden ser más impresionantes y que están en mi calle preferida, Paradís (paraíso)

Así que este año voy a repetir destino y volver a uno de mis lugares favoritos del mundo, BARCELONA.

New York state of mind

Mi primer viaje a New York fue en 2008. No tenía planeado ir, pero mi mejor amiga me llamó y me dijo “oye, Albert y yo hemos pensado ir este verano a Nueva York, ¿te apuntas?”.

Ese año yo había trabajado muchísimo, 13 horas diarias durante más de seis meses. Había trabajado tanto que no había tenido tiempo de hacer nada más, así que había podido ahorrar.

No le di tiempo a  acabar la pregunta, le dije . Abrí mi ordenador y las dos al teléfono compramos los billetes de avión. Ya os he dicho que yo no soy nada espontánea, pero ese día lo fui y ¡qué bien que lo hice!

Fue un viaje que empezó de la manera más accidentada. Nada más llegar tuvimos que ir a urgencias porque mi amiga cogió anginas y tuvieron que pincharle cortisona. Inmersión exprés en el sistema sanitario de los EEUU.

La visita a urgencias y una inyección, 300 dólares que  mi amiga no pagó gracias al consejo de una pareja mexicana que estaba también en urgencias. Le dijeron que se declarase insolvente, que le mandarían la factura a casa y que después se olvidara de ella. Y así lo hizo.

Cuando decidí ir a New York estaba segura de que sería una experiencia genial, pero no tenía claro que me gustase especialmente la ciudad. Tienes esa imagen de la películas de calles atestadas de gente, todo va tan rápido, esas avenidas enormes, y Barcelona es una de las ciudades más grandes de España, pero comparada con otras grandes urbes, es pequeña. Total que yo estaba ilusionada y encantada pero también preparada por si no me gustaba.

Y fue amor a primera vista.

No voy a describiros todo lo que me gustó porque seguramente sería caer en tópicos. Sólo deciros que de ese primer viaje lo que más me impactó  fue  la zona cero, que aún estaban desescombrando, y por otro lado uno de los momentos más mágicos fue cruzar el puente de Brooklyn mientas atardecía.

El día antes de volver fui a hacer unas compras sola, y mientras paseaba por la Quinta Avenida supe que yo podría vivir en esa ciudad.

Después de ese primer viaje he vuelto dos veces más a New York, y nuestro amor sigue intacto. El año pasado teníamos que haber celebrado juntos mi 50 cumpleaños pero  no pudo ser y con la que está cayendo vamos a tener que esperar.

Pero yo, por si acaso, ya he marcado una fecha en mi calendario. Verano de 2024, cumpliré 55. Me parece una cifra redonda y bonita.

Aún falta, pero la ciudad me espera.

El moreno mascarilla

La mascarilla ha llegado para quedarse, al menos por un tiempo indefinido, tanto es así que ya se ha convertido en un complemento de moda. Grandes marcas han creado las suyas y muchas tiendas, tanto físicas como on line, están comercializando modelos de lo más variado y fashion. Ya que hay que llevarlas, que sean sostenibles y monas, y nos hagan conjunto con la ropa.

Pero poco se ha hablado de uno de los efectos colaterales de haber incorporado este elemento a nuestras vidas, el MORENO MASCARILLA.

Yo soy una persona de piel muy blanca a la que no le gusta NADA tomar el sol, y que además enseguida se pone roja guiri gamba y se pela. La única rutina que tengo para  matar el blanco y coger un poco de sol, con protección 50 siempre, es salir a la calle y que me toque el aire. Por suerte mi trabajo es muy callejero, y consigo, sin mucho esfuerzo, tener un poco de color tostado en cara, escote y brazos.

Pero, ¿qué va a pasar conmigo este año?, porque yo soy una persona responsable y en público apenas me quito la mascarilla, lo justo para secarme el sudor de la cara y beber un poco de agua, porqué con la que está cayendo qué menos que hidratarse.

Pues que este año mi cara va a tener marca de mascarilla, al estilo de los que esquían en invierno pero de ojos para abajo.

Si no recuerdo mal, una vez leí que existen unos bañadores de un tejido especial que filtran los rayos perjudiciales para la piel, pero que dejan pasar el sol para que no te quede la marca. Y estaba pensando yo, ya que hay gente tan ocurrente que piensa en todo, ¿no podrían hacer una adaptación de este material para las mascarillas y crear una colección verano 2020? , o así a lo loco, ¿una mascarilla auto bronceadora? Y ya por pedir ¡que sean fresquitas!

Porque a mi la colección de mascarillas invierno 2020 me parece que va ser de lo más práctica, entre los gorros, las bufandas y las mascarillas, no vamos a pasar frío ni queriendo, y me parece genial. Pero lo del moreno de momento no lo veo, habrá que trabajarlo un poco más, quizá para la colección del 2021

Las tormentas de verano

No hay nada que me guste más que el olor de la tierra mojada después de una de esas tormentas de verano inesperadas. Esas que aparecen una tarde de sol, con un cielo azul brillante y un calor sofocante.

De repente se levanta el aire y se forman unas nubes negras, amenazantes, se oye un trueno, seguido de un relámpago y empieza a llover a mares, como si se fuera  a acabar el mundo. Y  a los cinco minutos ha escampado, vuelve a salir el sol, y todo está limpio y brillante y los colores parecen nuevos y el aire huele diferente.

Pues la razón por la que la lluvia huele tan bien tiene nombre, Petricor. Se lo pusieron unos científicos australianos en los años 60, y es un aroma muy codiciado por científicos y perfumistas

Parece ser que  la química tiene mucho que ver con ese aroma, lo produce una bacteria llamada geosmina, que está presente en la mayoría de los suelos saludables. Las gotas de agua que golpean el suelo hacen que la geosmina se libere en el aire, y en consecuencia, sea mucho más abundante después de la lluvia, y  es la responsable de ese olor a aire limpio y tierra húmeda que experimentamos después de una tormenta eléctrica. 

Todos sabemos de la importancia de la memoria olfativa, esos aromas guardados en nuestros recuerdos, que son capaces de trasladarnos  a ese momento o lugar donde lo olimos por primera vez.

Pues a mí el olor a Petricor me transporta a mi adolescencia,  a una tarde de un verano en Sant Cugat. A un piso alquilado un mes de agosto, a la salida del pueblo, con el campo muy cerca y Collserola delante. Y me trae calma, y felicidad, y colores brillantes, y una vida sin grandes preocupaciones, los amigos de toda la vida, una piscina muy azul, música, coreografías inventadas con las amigas, risas y toda la vida por delante.

Ojalá éste sea un verano de grandes tormentas, que limpien el ambiente, y nos dejen un paisaje brillante, con olor a Petricor y a esperanza.

Me llamo Àngels y soy una controladora

Lo reconozco, soy de esas personas que necesitan la seguridad de tenerlo todo bajo control, todo perfectamente organizado al milímetro. Aunque también es verdad que soy capaz de adaptarme a la situación cuando se producen cambios y reacciono con rapidez. Eso al menos en el ámbito laboral.

En el personal en cambio,  a mi lo de que te llamen los amigos  un día cualquiera, a las tantas, para salir, así de repente, ¡como que no!. No soy nada espontanea, la verdad. Y es una pena, porque alguna vez que me he animado y he dicho, ¡venga a lo loco!, pues ha estado bien.

En una ocasión alguien que sabía de qué hablaba, me dijo que tener el control es imposible porque la misma palabra control implica descontrol. Que usar el término gestionar, parece ser que a nivel de programación neurolingüística es mejor.

¡El poder de las palabras!

Esa necesidad de controlarlo todo hace que te pongas muchas trabas en el camino a muchos niveles. Este blog es un ejemplo, yo quería haberlo publicado cuando cumplí 50 años, y unos meses antes pensé que debía hacer algún curso de wordpress. Supongo que no escogí el más adecuado porque cuando lo acabé me sentí aún más perdida que antes de empezarlo y que necesitaba saber más. Y la cosa se fue retrasando.

Creo que mi autocontrol también puede estar relacionado con el maldito Síndrome de la impostora, por el que todos hemos pasado alguna vez. Esas creencias limitantes que te hacen pensar que nunca sabes lo suficiente y que no estás a la altura, y que te llevan de curso en curso, de libro en libro, para darte cuenta que contra más sabes, menos “controlas”.

O sea “Solo se que no se nada” que dijo el filósofo.

Lo que nos lleva a otra palabra que está muy de moda y que a mi, como palabra, me parece muy fea (otra cosa es el concepto) Procrastinar. Pues eso que vas aplazando las cosas por inseguridad, por incertidumbre, por pensar que no vas a estar a la altura. Y de repente llega un momento, como el actual, en el que la vida te da una bofetada de esas que te hacen temblar y tienes que superar el miedo que te supone no poder controlarlo todo. 

Y tienes que aplicar a tu vida personal lo que en el trabajo no se te da tan mal, que es reaccionar, dejarte fluir, tener cintura y ser capaz de “bailar sobre las incertidumbres de la vida” (Sadghuru), porque no hay otra.

Dicho así suena muy fácil pero, al menos para mi, no lo está siendo. La auto controladora que llevo dentro se resiste, y eso me genera miedo, ansiedad, e incertidumbre .

Y en esas estoy, peleándome cada día conmigo misma para soltar lastre y aprender a gestionar.

On the radio

Hoy voy a darme un poco de autobombo, jeje.

El lunes me entrevistaron en el programa de la cadena SER, La Ventana. No es que me haya hecho famosa de la noche a la mañana por este blog, no, fue para hablar de la visita profesional que hice el mes pasado a la Sagrada Familia.

También es verdad que Roberto Sánchez, el subdirector del programa, y yo nos conocemos desde pequeños porque éramos socios del mismo club de tenis, aunque nos perdimos la pista durante años y gracias a un libro y a las redes sociales nos reencontramos.

Él entonces era uno de los mejores amigos del hermano mayor de mi mejor amiga, y todos sabíamos que Roberto estaba destinado a trabajar en la radio. Cuando en verano, de adolescentes, estábamos en la piscina escuchando música, él presentaba cada una de las canciones como si fueran los 40 principales. Y ya entonces colaboraba con la radio local del pueblo donde vivía.

Así que lo lógico fue que estudiase periodismo, y empezó a trabajar en la SER cuando aún estudiaba la carrera.

Como os he comentado antes durante muchos años nos perdimos la pista. Hasta que hace un par de años estaba  paseando por una  librería, que no hay nada que me pueda gustar más, y llamó mi atención el título de un libro que estaba en la mesa de novela policíaca, Asesinos de series, de Roberto Sánchez.

Pensé “vaya, yo conozco un Roberto Sánchez”, así que lo cogí, le di la vuelta para mirar la foto del autor y cuál fue mi sorpresa al ver que era el Roberto que yo conocía.

Evidentemente compré el libro y he de confesar que lo leí del tirón, porqué es muy bueno, os lo recomiendo. Cuando acabé hice una foto de la portada, lo subí a Instagram y le mencioné en el post. Para mi sorpresa se puso en contacto conmigo y desde entonces nos seguimos en redes.

Toda esta “breve introducción” es para deciros que Roberto vio mi post sobre mi visita a la Sagrada Familia, el día de su reobertura al público, y me contactó para pedirme que entrase en La Ventana para hablar de ello.

Y a mi me hizo mucha ilusión, la verdad, porqué cuando yo empezaba en esto del periodismo, allá por el año 1997, fui la corresponsal de Ciutat Vella durante un año para los informativos de Radio Barcelona en la Ser, y desde entonces no había vuelto  a hacer nada en la radio.

Roberto en aquella época ya presentaba un programa de éxito, “Si amanece nos vamos” , y no creo que él lo recuerde pero a los nuevos nos llevaron a hacer una ruta por los estudios y nos encontramos en la redacción, después de muchos años sin vernos, nos saludamos, y la verdad es que la gente que iba de visita conmigo flipó un poco de que lo conociese

Así que, aquí os dejo mi intervención en el programa, no por presumir, sino porque me hace mucha ilusión. A partir del minuto 15:30 aprox. Creo que no lo hice mal del todo